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Pólizas para la memoria

Por. Joel Santos Echavarría

El progreso de toda nación se sustenta en dos razones esenciales, que actúan como un eje transversal para todos los avances que se logran a través de la gestión pública: la estabilidad y la certidumbre. Indistintamente nos refiramos al crecimiento, a la inflación, a la confianza del mercado turístico internacional, a la motivación que se genera en la inversión extranjera directa, al inversionista local que crea empleo o al sector de la construcción, entre muchos vectores de desarrollo. Estas dos ‘virtudes’ reflejadas en el ordenamiento social y jurídico, en el comportamiento y disponibilidad de nuestro sistema financiero, en la rectitud de los planteamientos estratégicos industriales, en la política macroeconómica, en la solidez del mercado de valores y en numerosos propulsores de la fuerza motriz de un país, constituyen la clave de su afianzamiento.

La estabilidad no es de consecución instantánea, tampoco la certidumbre. Ambas responden a un planteamiento, una planificación, la disposición adecuada de los medios y a la prolongación de los resultados, porque si estos tuvieran una duración limitada en el tiempo, perderían su condición de estables. Pero, en el caso de la certidumbre, esta tiene un matiz, además, promisorio, puesto que buscamos más la certidumbre cuando ponemos nuestra vista en el futuro. Nos encontramos, precisamente, en el momento adecuado para evaluar en qué estado nos encontramos, que podríamos definir como un escenario prometedor.

No fueron las circunstancias de procedencia externa ocurridas en estos últimos años las que nos otorgaron una coyuntura ventajosa en términos de estabilidad y certidumbre. Recuérdese, por nombrar algunas, los años perdidos de la pandemia, sus consecuencias en la situación económica internacional, la subida incontrolada del precio de los fletes a resultas de la crisis de los contenedores, el desconcierto provocado por la guerra en Ucrania, el actual conflicto en Oriente Medio (que amenaza gravemente el paso de mercancías por el estrecho de Ormuz), el vaivén energético o el mismo cambio climático. La estabilidad y la certidumbre tuvieron que venir desde dentro de nuestra nación, un hecho irrefutable que es visto desde otros países vecinos, así como por organismos internacionales entre los que se encuentran el Fondo Monetario Internacional o la Comisión Económica para América Latina y Caribe, como un ejemplo a seguir en situaciones de crisis. Los logros alcanzados en esta gestión constituyen un sello para la memoria de todos, aunque a veces sea triste constatar que, quizás, no somos plenamente conscientes de ello.

Tras concluir 2023 con un desempeño económico y social positivo, junto a notables obras y transformaciones a lo largo y ancho de la República Dominicana, emprendemos un 2024 no sólo con mucho entusiasmo, sino también con una programación estratégica de continuidad, plasmada fielmente en el Programa de Gobierno diseñado por el presidente Luis Abinader.

Se produjo este año un crecimiento envidiable, que el Banco Central certificó -de acuerdo con lo también previsto por instituciones económicas internacionales-, a la conclusión de noviembre en un 4.2% interanual. El matiz de estabilidad para este caso es que tuvo lugar en ese mes la tasa mensual de crecimiento más alta de todo el año; la señal de certidumbre es que se proyecta que la economía retomaría en 2024 un ritmo de crecimiento potencial de alrededor del 5.0% a su conclusión. Y si nos vamos a la inflación, una pesadilla que atormentó a la mayoría de las naciones del globo, no solo se ha conseguido una desaceleración en el ritmo promedio de crecimiento de los precios, sino que es oportuno recordar que en abril de 2022 se encontraba en un 9.64%, y que cierra 2023 en un 3.57%, situándose en el rango meta fijado por el Banco Central.

Otro signo de estabilidad y certidumbre es el Mercado de Valores. A menudo se suele decir que el dinero “es miedoso”, y más si se trata de invertir en periodos volátiles, como es el actual a nivel internacional. Pues bien, los inversionistas locales y extranjeros depositan con confianza su capital en la Bolsa de Valores dominicana, a través de la cual se mide fehacientemente qué grado de certidumbre futura con respecto a nuestra nación tiene el poseedor de esos recursos. Al 29 de diciembre, el crecimiento total de los valores transados del mercado primario y secundario fue mayor del 23% con respecto al 2022.

También se han cosechado éxitos tangibles en la producción agropecuaria, con el aumento en la producción de rubros básicos como huevos, pollos, plátanos, guineos, cebollas y vegetales. Por su parte, el sector turístico despidió el año superando los diez millones de turistas, a lo que se suma que las calificadoras de riesgo-país mejoraron sustantivamente las perspectivas de la República Dominicana, algo que pocos países han conseguido y que nos proyecta con atractivo en el panorama económico, fiscal y financiero a nivel global. Todas estas conquistas, y muchas más, son un sello para la memoria personificada en el presidente Luis Abinader.

 

 

 

 

 

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