
Por: Juan Salazar
Nos colocábamos los tres en la acera del colmado de un banilejo llamado Nelson, ubicado en la intersección de la calle Moca y Félix Evaristo Mejía, en el barrio Villas Agrícolas de la capital, a la espera de clientes para lustrar zapatos con sendas limpiabotas. Teníamos edades entre 10 y 14 años.
Esa tarde llegó un cliente que no era habitual y preguntó por el mejor limpiabotas del grupo, porque necesitaba que sus zapatos quedaran impecables.
Mi otro amiguito y yo miramos a Rafael Díaz (Felo). Era el mayor de los tres, comenzó primero en el oficio y por ende tenía más experiencia.
Unos zapatos que Felo solía limpiar en poco más de 5 minutos, se tomó media hora para lustrarlos, pero el resultado final era insuperable. El calzado quedó reluciente y sin la más mínima muestra de suciedad, una obra de arte digna de enmarcarse.
El hombre revisó minuciosamente sus zapatos y con una sonrisa de satisfacción reconoció que realmente Felo era un limpiabotas estrella. Sin embargo, al final, el cliente pagó la tarifa habitual por la limpieza de sus zapatos: 10 centavos.
Todos nos miramos, porque pensamos que el esfuerzo de Felo sería premiado con un pago más elevado que el acostumbrado por el servicio. Pero, pese a la injusta retribución, Felo tomó el pago y ni él ni ninguno del grupo se atrevió a insultar, hacer algún gesto de inconformidad o un reclamo al exigente, pero tacaño cliente.
Pienso que, si alguno de nosotros hubiera sido en ese tiempo limpiavidrios, trataría con respeto a los conductores en las calles, aunque no recibiera pago por el servicio prestado.
¿La razón? El respeto hacia los adultos, sin importar que fueran extraños, era un valor inviolable en el seno familiar, so pena de enfrentar un duro castigo.
El respeto abarca diversas áreas de nuestras vidas, entre ellos a nosotros mismos y luego al prójimo sin importar su condición socioeconómica, a la diversidad, a los padres, a educadores, adultos mayores, a las normas que garantizan la convivencia pacífica, a las autoridades –aunque en un momento determinado no estemos de acuerdo con su accionar-, al medio ambiente y, a lo más sagrado, la vida.
Ese valor tan esencial que comienza en el hogar y luego repercute en la sociedad, lamentablemente se ha ido perdiendo a todos los niveles en el país. Los hijos ya no se miden para levantarles la voz y hablarles de manera grosera a sus padres, incluso delante de otras personas.
La veneración al maestro se pierde cada día, las relaciones de parejas están en constantes crisis porque la mujer piensa que el respeto al hombre es sumisión y el hombre exige fidelidad, pero se siente con derecho a tirar una canita al aire cada vez que se presente la oportunidad.
En las redes sociales es donde la falta de respeto ha llegado al paroxismo, porque en el mundo virtual la mayoría de los usuarios entiende que hay licencia para la difamación, que las amenazas no tienen consecuencias y que el insulto no duele.
Lo vimos la semana pasada con el joven que en un vídeo


