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El cerebro leyente: Usarlo o perderlo

Por: Ricardo Nieves

Las neurociencias aportan cada día evidencias sorprendentes sobre las transformaciones que la lectura y el lenguaje escrito generan en el cerebro y en el procesamiento cognitivo. Con mayor relieve, y en condiciones aventajadas, a partir de los años primarios del cerebro aprendiz. Indescriptible es la manera de cómo esta complejidad neurológica fotografía, decodifica, organiza, interpreta y otorga significatividad a palabras y textos, saltando de un signo a otro, en un tiempo promedio de apenas ¡69 milisegundos!

Nuestro cerebro, si bien no estuvo programado para ello, se adapta, decide y acepta el acto iluminativo de leer. Por tanto, imponer la lectura “de manera dulce”, bajo una ética consecuente, indica privilegiar su magnífico interés desde la etapa temprana de la vida. (Amargamente, duele aceptarlo, la escuela dominicana, rezagada en mil intentos, aborta el despertar de nuestro sujeto cognoscente más importante, los niños de la Patria).

Leer envuelve la mayor motivación intelectiva del ser. Universo abierto a la imaginación, piedra dorada del razonamiento y cincel maestro de las palabras. Es, con toda probabilidad, el más afortunado y creativo hábito de nuestra histórica inteligencia y entorno evolutivo. Acaudalado patrimonio, tesoro y riqueza que ni siquiera la muerte agota, pues, quien mucho lee, regularmente termina escribiendo. Y escribir implica germinar en la memoria (individual o colectiva), manteniendo vivas las páginas inherentes a la posteridad. Explorar el mundo cognoscible, pensarlo y poder expresar en modo ideal el producto de lo aprendido, sí que es una dicha mágica y real a la vez. Precisamente, fracasamos cuando fallamos en descubrir el estímulo inicial que demanda y despierta, irrepetible, cada cerebro lector de la infancia.

Nuestro órgano pensante: Universo poblado de galaxias lectoras, memorísticas, metafóricas, creadoras. Pero cada una de ellas debe ser avistada y colocada en un espacio fértil para luego ser aprehendida, internalizada por el sujeto. La lectoescritura es para el cerebro el fundamento ritual más importante de la cultura. Que un órgano tan complejo tenga consciencia de sí mismo, ha sido el reto más enrevesado y ambicioso para la ciencia, la filosofía, la ética. Y hoy, en plena era tecnológica, lo será también para el pensamiento, tensado ya por el advenimiento del cerebro artificial, como adelanto del porvenir…

Desde tiempos remotos sabemos que nuestro cerebro no viene cableado para hilvanar con facilidad la lectura. Que el lenguaje escrito, mucho más complejo todavía, igual provino de otro estupendo alumbramiento: Esa transcripción codificada, imperfecta pero valiosísima, que emerge cuando, desde nuestra habilidad oral, el signo comprensible madura y se hace imperativa y perentoria su necesidad. De hecho, antiquísimos y escasos fueron los grupos humanos que contaron con la herramienta oral para, de forma pedestre, comunicarse, y quienes luego, como escribientes, lograrían codificarla y dotarla de símbolos capaces de transmitir significados entendibles para la comunidad. Sumerios, egipcios y babilonios (3200 -2400 años A.C.) enlistan parte de esa reducida élite de la historia.

El acto de hablar, por su lado, expresa la costumbre de una condición más inmanente o instintiva, entraña la adaptación biológica que, siendo innata, nos premió al quedar registrada en el ADN de las células cerebrales primarias. En consecuencia, leer equivale a “obligar” la máquina pensante a una actividad que, en principio, hubo de ser acomodada, programada para, tiempo después, convertirse en el acontecer inigualable de la cognición, situándose como categoría asombrosa de elevadísima composición lógica.

La lectura pasa por un “reciclaje neuronal” con funciones alternadas para las que no estaba especializado el cerebro humano. En una escueta perífrasis, podemos argüir, con Stanilas Dehaene (2014), que se trata de una función tendente a remodelar, por utilidad y supervivencia, la vieja arquitectura cerebral. Suele equipararse, si cabe la comparación, a la “primera prótesis” que debimos incorporar al cerebro añejo. La forma en que nuestro cerebro “prende” para conectar al niño con el texto es una experiencia llameante que despunta de la conciencia fonológica y del dominio léxico desarrollado. Habilidades que, al tenor de las neurociencias educativas, sólo aparecerán en plenitud con la estimulación creativa, el fomento de la capacidad de pensar y el desarrollo multisensorial, bajo el prisma del aprendizaje compartido y el desarrollo emocional positivo, todos vinculados al proceso inaugural de la lectura.

Al interior de la tupida selva cerebral existe una combinación simultánea de eventos neuroquímicos que deslumbran al propio ser. Descifrada por los estudios de neuroimágenes, la interacción de neurotransmisores (dopamina y serotonina) que actúan como moduladores de procesos conductuales, imprescindibles para la atención, memoria y concentración. Y todo este portento, timoneado por la estimulación nerviosa, acontece dentro de una célula especializa y única cuya abundancia roza los 100 mil millones de unidades. La lectura reseña el acoplamiento diverso de las actividades cognitivas que, ante todo, resuelven la tarea de acicalar el templo de la razón, pulimentar el palacio del intelecto. Potencia el pensamiento crítico y la capacidad analítica, expande la memoria e incrementa la variedad del vocabulario. Pero, sobre todo, opera las ventanas de la abstracción y, por consiguiente, amplía el marco integrado de la inteligencia total para cada individuo.

Específicamente, la mecánica de la lectura –reitera Dehaene– inicia con el encendido de la cámara visual (el ojo), inserta en el hemisferio occipital. El reconocimiento y verificación de las letras, de su ensamblaje lingüístico, representa la puerta de acceso al procesamiento semántico (signo) y fonológico (sonido) que también fungirá como almacén de ortografías y significados ínsitos en los grafos que dan cuerpo a las palabras. Aquí, el hemisferio izquierdo se activa, mediante un complejísimo circuito para reconocer cada letra y compaginar, en orden lógico, eso que Dehaene llama la “caja de letras”. Ubicado y reconocido cada signo, se registrará el recombinando de las palabras, que extraen los sonidos que, al final, traducirán los significados. En esta urdimbre neuronal, emocionante y suntuosa, radica la creatividad artística y la inspiración científica. Y, con remilgada infinitud, reposan las huellas engorrosas de las matemáticas. Sabemos hoy, con amplio dominio y comprobación exegética, que los niños que aprenden más de un idioma aumentarán elocuentemente su capacidad cognitiva y los niveles de otros dominios lexicográficos; y de contenidos mucho más complejos.

Porque, a fin de cuentas, el lenguaje integrará siempre el vehículo principal que sirve de transporte a los demás saberes y diversidad de conocimientos. La cognición y el comportamiento habitan un denso e impenetrable bosque de neuronas que al interactuar y conectarse origina los puentes propicios entre cognición y conducta. Allí, a juicio del neurocientífico Javier De Felipe (2022), está planteado el gran desafío del fenómeno humano: Descubrir el misterio, todavía balbuceante, de este prodigioso “telar mágico de la mente” que describe el brillante el maestro Joaquín M. Fuster (2020). Hoy, en la República Dominicana, nuestro dilema es asfixiante: El 64% de los niños del sexto y el 78% del tercer grado del Nivel Primario, no entienden adecuadamente lo que “su cerebro puede leer”. Así, sin uso ni función óptima, desde ya podemos vaticinar que muchos serán los cerebros perdidos…

 

 

 

 

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